A inicios de enero de 2026, la amenaza de Donald Trump de intervenir militarmente en Colombia —tras acusar a Gustavo Petro de complicidad con el narcotráfico y celebrar la captura de Nicolás Maduro— ha convertido la crisis diplomática en el eje central del año electoral.
El impacto en el fenómeno electoral es profundo y multifacético. Primero, genera un efecto rally de corte nacionalista que beneficia a la izquierda. Petro, al convocar marchas masivas y declararse dispuesto a defender la soberanía “con las armas si es necesario”, refuerza su narrativa antiimperialista.
La movilización popular podría traducirse en un impulso progresista para las elecciones legislativas del 8 de marzo.
Algunos reprsentantes del centro (Gaviria, Galán, Fajardo) rechazan cualquier intervención extranjera y son muy enfáticos en expresar que a Petro se le debe derrotar únicamente en las urnas, reforzando indirectamente la posición de izuierda.
Mientras tanto, la derecha (De la Espriella, independientes, y sectores uribistas) evita condenar a Trump o incluso lo celebra, reforzando su discurso antidrogas, así como su postura en contra del régimen de Maduro y del socialismo del siglo XXI.
Las tensiones producto de los enfrentamientos verbales y por redes sociales entre los mandatarios desplazan a los demás temas de campaña. La discusión sobre economía, reformas sociales o seguridad interna queda eclipsada por otros temas como soberanía nacional y narcotráfico, polarizando aún más el debate.
Los nuevos episodios de la crisis aceleran la campaña, e impulsarían a la izquierda si Petro logra capitalizar el sentimiento anti-Trump, arriesgando de manera que muchos consideran irresponsable muchas otras áreas de la relación binacional y con el riesgo de provocar en Colombia un gigantesco daño económico, que la oposición trata de advertir y resaltar.
El 2026 arranca con nuevas causas de tensión: las elecciones ya no sólo decidirán el rumbo interno, sino la posición colombiana ante la presión externa de Washington.
No hay comentarios